En el marco de las celebraciones de Fiestas Patrias, el padre Alex Gallardo Quelín, Vicario Pastoral Diocesano, comparte una reflexión sobre nuestra identidad como nación, nuestra historia y el compromiso de construir una patria más justa y fraterna. Este año, además, recordamos el Bicentenario de la incorporación de Chiloé a Chile y el Centenario de la Coronación de la Virgen del Carmen como Reina y Madre de Chile.
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“DICHOSA LA NACIÓN CUYO DIOS ES EL SEÑOR, EL PUEBLO QUE ÉL ESCOGIÓ COMO SU PROPIEDAD”
(Salmo 33)
Estamos celebrando nuevamente los acontecimientos que congregan a todos los chilenos en una sola nación y en una sola sociedad. Las fiestas patrias son días especiales en que recordamos nuevamente nuestra identidad, soberanía e independencia y además, lo que significa para todos nosotros la historia de nuestro país. También es una oportunidad para agradecer a Dios lo que somos y tenemos, como comunidad de una misma nación, bajo un mismo “cielo azulado” (como dice nuestro himno nacional) y que nos impulsa a celebrar esta festividad, reconociéndonos hermanos, hijos de un mismo Padre – Creador que nos ha regalado esta casa común, “que nos dio por baluarte el Señor”.
En este sentido entonces, como no alabar a nuestro Dios y darle gracias; como no también resaltar con autoridad como dice el Salmo 33, que: “Dichosa es la nación cuyo Dios es el Señor, el pueblo que él se escogió como su propiedad”. Somos su pueblo, sus ovejas de su rebaño y somos dichosos por esto mismo. Por esto festejamos, porque Dios se ha hecho carne y se sigue encarnando en nuestra historia, para todos los que nos consideramos sus hijos. Reconocer la acción de Dios en nuestra historia, significa no olvidar nuestra memoria y el camino que hemos ido forjando como nación; nuestros sufrimientos, dificultades, anhelos y esperanzas, es lo que queremos poner como intención en estos días festivos, como un pueblo que se acoge en las manos de Dios con la confianza y el deseo que Él guiará nuestros pasos.
Conmemoramos y celebramos también la historia de nuestra nación en las glorias de sus ejércitos. En el esfuerzo, la vida y la sangre que nuestros hermanos entregaron por defender su patria y su nación; y también reconocer el sacrificio que muchos hombres y mujeres de nuestra patria, a través de las fuerzas armadas, realizan en su vocación defendiendo la soberanía de nuestra patria (incluso en lugares muy recónditos y extremos) y realizando un servicio de donación y apoyo, sobre todo cuando nos golpean las fuerzas de la naturaleza. Elevemos a Dios una acción de gracias por aquello y también encomendamos a muchos que ya han partido de este mundo a causa de cumplir con el deber de responder a la misión que se les había encomendado.
Jesús en su Evangelio, nos recuerda que somos parte de su Reino, y como tal somos constructores del Reino de Dios. En este sentido somos una nación que es propiedad de Dios, porque también se responsabiliza y colabora con forjar una comunidad más justa y generosa para todos, especialmente con los más necesitados. Forjar una patria, es sacrificarse por ella, con valores y valentía; ser corresponsables, con lo que a cada uno le toca hacer por el bien común. Al celebrar y conmemorar la independencia de Chile y el sacrificio que se hizo por llegar a este cometido, no podemos olvidar este año la conmemoración de nuestro Bicentenario (al incorporarse a Chile, el archipiélago de Chiloé, con el tratado de Tantauco del 19 de enero de 1826) lo cual dio término al dominio español en Chile y fue el cierre de un prolongado proceso de independencia. Chiloé también es Chile y con mayor razón lo recordamos en estas festividades; esta es la esperanza por lo cual nuestro deseo es que Chiloé siga progresando en desarrollo económico, valórico, humano e integral y que como decía Mons. Juan Luis Ysern (obispo emérito de Ancud) “Chiloé crezca y se desarrolle sin dejar de ser Chiloé”.
Este año como Iglesia chilena, celebramos el Centenario de la Coronación de la Virgen del Carmen, Reina y Madre de Chile (1926-2026), ella ha estado presente en la historia de los padres de la Patria y su imagen históricamente siempre ha estado unida por las fuerzas armadas al destino de nuestro país. María nos enseña a llegar a Jesús; una mujer sencilla y humilde que a pesar de las dificultades fue fiel al Señor su Dios. Si queremos responder al proyecto que Dios tiene para nosotros, como comunidad y nación, el ejemplo y fidelidad de María, nos debe impulsar a sentirnos verdaderos “hijos” en el Hijo. Que la intercesión de la Virgen del Carmen, Reina y Madre de Chile, ilumine y bendiga a nuestra patria y que todos sigamos trabajando por la paz, por un país más justo y por la fraternidad.
P. Alex Gallardo Quelín
Vicario Pastoral Diocesano
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